trabajo colectivo – ctc

Un nuevo sindicalismo es urgente y necesario.

Según datos recientes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la CEPAL (2024), la tasa promedio de sindicalización en América Latina ha caído a menos del 10% de la población trabajadora, con países como Colombia y Perú por debajo del 5%, mientras que Uruguay y Argentina superan el 20% gracias a estructuras más participativas. Esta tendencia refleja no solo el debilitamiento de los sindicatos, sino también la falta de renovación democrática en sus formas de organización interna.

Debemos construir una democracia participativa, donde las decisiones se tomen desde las bases. Es un error pensar que un sindicato es fuerte por tener grandes cantidades de afiliados. Un sindicato es verdaderamente grande y fuerte cuando la mayoría de sus bases son parte activa de la construcción de la organización. De hecho, investigaciones del Instituto de Estudios del Trabajo de la OIT muestran que las organizaciones sindicales con estructuras más horizontales logran una mayor retención de afiliados y una participación tres veces más alta en asambleas y procesos de decisión.

Además, existe una limitada concepción acerca de que la lucha sindical es exclusivamente para la defensa de derechos laborales. El sindicalismo puede y debe influir en la determinación de las políticas económicas y laborales de un país y, a la vez, promover procesos de democratización en las empresas como parte de esa lucha de clases por el control de los medios de producción y la distribución de los excedentes económicos.
Esa lucha debe permitir avanzar en la transformación del modelo capitalista imperante, en un modelo autogestionario más eficiente, justo y democrático. Con los recursos de nuestras organizaciones es posible construir universidades, viviendas y cooperativas al servicio de los trabajadores y sus familias. En países como Brasil y Argentina, los fondos solidarios sindicales han financiado miles de viviendas y centros de formación profesional, demostrando que la autogestión sindical es viable y transformadora.

Debemos recuperar los principios esenciales del sindicalismo: la solidaridad y la fraternidad. No podemos seguir desgastándonos en disputas internas por el poder. Es hora de reconocernos como hermanos, de caminar juntos e “insistir en todo lo que nos une y prescindir de todo lo que nos separa”.

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